“Recuerdo claramente cómo intervenía en los conflictos entre mis hermanos, buscando siempre calmar las aguas. Me convertí en la mediadora oficial de la familia, la que sabía cómo comunicarse con cada uno y entender los asuntos de los adultos siendo apenas una niña. Me sentía obligada a resolver cada disputa, aunque me costara mi propia paz mental. En la escuela, me gané el título de ´la del millón de amigos`, nunca entraba en conflicto, siempre estaba dispuesta a ayudar a los demás. Pero detrás de esa apariencia de popularidad y aceptación, había una lucha interna que apenas reconocía. Siempre me encontraba en medio de las críticas y rivalidades entre mis compañeros, trataba de mantener la paz a toda costa. Mi opinión y gustos variaban según el círculo en el que me encontrara, adaptándome como un camaleón a cualquier situación”.
Así arranca el libro “De niña buena a mujer re-suelta” de Leticia Tosi, licenciada en Psicología, donde narra en primera persona las dificultades que tuvo que atravesar por tener un perfil de personalidad que todos elogiaban desde que era muy pequeña como una virtud, en lugar de verlo como un síndrome que puede desencadenar un trastorno psicológico o psicosomático que si no se trata a tiempo puede causar mucho malestar psíquico y físico.
“Son esos niños que nunca causan problemas, que parecen más adultos de la edad que tienen, que siempre están cuidando a los demás, que se sacan buenas notas en el cole y son abanderados. Y una vez en la adultez son personas que siempre están cargando los problemas de los otros, tienen dificultad para poner límites, se autocastigan y se culpan si lo hacen. Son perfeccionistas, fallar no es una opción, tienen bajísima tolerancia a la frustración. A este síndrome también se lo conoce como sobreadaptación, que se define como una excesiva adaptación de las personas al ambiente, se adaptan tanto a los demás que se desconectan de sus propias necesidades y deseos”, expresa Leticia.
Ese gol que no fue y dejó marcas imborrables
Académicamente, cuenta, era una alumna ejemplar con notas perfectas y varias veces abanderada. Tenía la habilidad de comprender los gustos y la ideología de sus profesores, lo que le permitía destacarse en los exámenes. También sobresalía en el ámbito deportivo, ganando medallas y siendo capitana de equipo.
Sin embargo, aclara, hubo una excepción a esta regla: el hockey. A pesar de su amor por esta disciplina, no pudo seguir el ritmo de sus amigas más experimentadas. En su primer partido, la presión por impresionar a los demás la llevó a fallar en un momento crucial, cuando tenía ese gol servido al alcance de su mano, lo que resultó en una profunda frustración y auto castigo, llevándola al poco tiempo, a abandonar ese deporte que tanto amaba.
“El hockey era una pasión para mí, pero lo viví con mucha presión porque tenía terror a equivocarme, a no agarrar una pelota, a no pegarle bien. Tenía miedo de sentirme juzgada por mis compañeras, por mi entrenador y por los que estaban mirando el partido. Estaba tan pendiente de la mirada de los demás, que no me concentraba en los partidos y esto me empezó a influir negativamente en mi performance. Eso me hizo errar un gol que era muy fácil de hacer. La arquera había tenido una mala salida y me dejó servida la pelota con el arco de frente. Estaba sola, mientras escuchaba de afuera el grito de todos ´metela, metela´. Mi compañera que venía corriendo atrás me decía `dale que lo tenés servido`. Fue tanta la presión que sentí, que le pegué a la pelota fuera del arco. Se me vino el mundo abajo, ese día colgué los botines porque fallar no era una opción para mí”.
Sufrimiento silencioso
Cuenta Leticia que durante muchos años se sintió orgullosa de ser esa niña buena. Sin embargo, detrás de esos elogios se escondía un sufrimiento silencioso: ansiedad, tristeza, culpa y represión que hicieron eclosión en su adolescencia y en su adultez.
A partir de su adolescencia su cuerpo comenzó a manifestarse con serios problemas en las cervicales y en su columna con compromiso de la médula espinal. Los médicos le decían que la única opción para frenar el deterioro era una operación de alta complejidad. Además, empezó a tener trastornos gastrointestinales que años más tarde relacionó con todas aquellas cuestiones de los otros “que me hinchaban y que no podía digerir”.
Ya en su adultez, dicho trastorno desencadenó en una enfermedad autoinmune inflamatoria crónica, colitis linfocítica, un exceso de glóbulos blancos en los intestinos que produce mucho dolor abdominal, inflamación, distensión e irritación.
“Pasé por muchos gastroenterólogos, tomé varios medicamentos, corticoides, antibióticos, pero no me dieron resultado. Mi mejoría comenzó con la terapia y mi rehabilitación emocional, meditación y el cambio del hábito alimentario”.
¿Cómo logró revertir ese dolor?
Con mucho trabajo personal, dice, Leticia comenzó su proceso de resolución. Arrancó tomando distancia de los vínculos que le hacían daño, a la par de que se fue reencontrando con ella misma, más conectada con su ser. “Como primera cuestión, fui soltando el traje de ´la mediadora oficial de la familia`. Comencé a darme cuenta de que esta necesidad constante de intervenir en los problemas de los demás estaba consumiendo mi propia energía y felicidad. Me estaba perdiendo a mí misma en el proceso de tratar de salvar a los demás, sin darme cuenta de que también necesitaba ayuda y apoyo emocional. Fue un momento de claridad cuando finalmente entendí que no era mi responsabilidad resolver todos los conflictos de mi familia”.
También aprendió a establecer límites saludables y a dejar que los demás resolvieran sus propios problemas, sin sentirse culpable por no estar constantemente en el medio. “Aprender a poner límites saludables, como todo aprendizaje, no fue de un día para el otro, sino el resultado de un proceso que al principio pudo resultarme incómodo, no me trajo placer inmediato, sino angustia y culpa, pero con el tiempo fui sintiendo mucho alivio y paz mental. Entendí que poner un límite no me hacía mala persona ni egoísta, sino que era un acto de autocuidado y de amor propio”.
“Cuantos más elogios recibía, más pendiente estaba de la mirada de los demás”
Una de las cosas que entendió Leticia es que no tenía que decir que sí a todo lo que se le estaba pidiendo, sino que podía hacer ese favor de forma parcial de acuerdo a sus necesidades y deseos.
“Me siento más segura de mí misma y de mis decisiones, y aprendí a rodearme de personas que me aceptan tal como soy. Ya no soy ´la del millón de amigos´, pero lo que tengo ahora son relaciones más auténticas y significativas, basadas en el respeto mutuo y la aceptación incondicional. Y eso, para mí, es mucho más valioso que cualquier cantidad de popularidad superficial. Empecé a darme cuenta de que cuantos más elogios recibía, más pendiente estaba de la mirada de los demás y más me olvidaba de mí misma. Tratar de encajar en cualquier molde que la sociedad me impusiera era una trampa que me reforzaba mi conducta sobre-adaptada y me producía mucho sufrimiento. Y que el único beneficiario de esos elogios era quien los hacía, no yo. Empecé a aceptar que no era posible poder agradar a todos siempre y eso me trajo una liberación muy grande”.
Una vez que logró desarrollar el amor propio y fortalecer su autoestima, Leticia pudo establecer una relación amorosa muy sana como su pareja actual (Martín) de la cual está “profundamente enamorada. Hemos construido juntos el amor del bueno. Es mi compañero de vida desde hace siete años. Él me aceptó tal como soy, con mis luces y mis sombras. Juntos construimos una relación sólida y madura basada en la estabilidad, la tranquilidad, la comunicación asertiva, la confianza, la empatía, el respeto mutuo y el apoyo incondicional”.
“Quería enseñarles a vivir de una manera diferente”
Leticia está muy orgullosa porque este gran cambio también repercute en la relación con sus hijas (Agus de 12 y Luli de 9), disfrutando del juego, las charlas y las vivencias del día a día. “Me di cuenta de que quería enseñarles a vivir de una manera diferente, a no seguir el mismo patrón de sobre-adaptación que yo seguí durante tanto tiempo. Ahora, cuando mis hijas hacen algo bien, evito la palabra perfecto. En cambio, las animo a disfrutar del proceso, a celebrar cada pequeño avance y a aprender de los errores. Les enseño que la vida no se trata de ser perfecto, sino de disfrutar de cada momento, de ser auténtico y de perseguir tus pasiones sin miedo al fracaso. Después de todo, el fracaso es no haberlo intentado”.
Luego de años de luchar contra los problemas en su columna, finalmente llegó el momento en que los médicos le dijeron que era un milagro que no tuvieran que operarla. “Habían visto muchos casos similares y con semejante compromiso medular, todos habían terminado en una cirugía cervical. Pero mi caso era una excepción a la regla: las hernias cervicales se re-absorbieron y dejé de tener dolencias. Y creo que esto que los médicos nombraron como un milagro yo se lo atribuyo a mi rehabilitación emocional”.
Leticia confiesa que jamás hubiera imaginado que además de dejar de sentir dolencias, iba a poder retomar a los 45 el hockey, una pasión abandonada. Estuvo jugando hasta hace poco sin exigencias. “Jugué de delantera. Mi gran hazaña ha sido jugar para divertirme sin estar pendiente del resto, disfrutando del partido más allá del resultado final”.
¿Qué es para vos una mujer Re-suelta?
Para mí, implica poder ser naturalmente muy suelta, ser más relajada, disfrutar más de las cosas, ser más espontánea, fresca y auténtica. Poder soltar el pasado, los antiguos mandatos familiares, soltar a una pareja narcisista, una forma de ser impuesta o impostada. De esta manera, siento que a medida que me vuelvo más resolutiva, voy resolviendo lo que no me gusta de mi vida. Suelto, me suelto y resuelvo.
¿Qué le dirías a las mujeres que se encuentran atravesando algo similar a lo que vos pasaste?
Que pidan ayuda profesional, que no sientan que es una virtud ser una niña demasiado buena si lo están padeciendo, por más de que la sociedad les transmita lo contrario a través de los elogios. Que se miren hacia adentro, que se prioricen, que no se olviden de ellas mismas, que enciendan las señales de alarmas si se sienten agotadas, tristes, con culpa o con síntomas psicosomáticos.
¿De qué manera les puede cambiar la vida una vez que hacen el clic?
Van a empezar a mirar al mundo y a sí mismas de una manera diferente. Van a conocer el disfrute genuino de la vida, se van a sentir más libres, más seguras de ellas mismas y con paz mental.
“Recuerdo claramente cómo intervenía en los conflictos entre mis hermanos, buscando siempre calmar las aguas. Me convertí en la mediadora oficial de la familia, la que sabía cómo comunicarse con cada uno y entender los asuntos de los adultos siendo apenas una niña. Me sentía obligada a resolver cada disputa, aunque me costara mi propia paz mental. En la escuela, me gané el título de ´la del millón de amigos`, nunca entraba en conflicto, siempre estaba dispuesta a ayudar a los demás. Pero detrás de esa apariencia de popularidad y aceptación, había una lucha interna que apenas reconocía. Siempre me encontraba en medio de las críticas y rivalidades entre mis compañeros, trataba de mantener la paz a toda costa. Mi opinión y gustos variaban según el círculo en el que me encontrara, adaptándome como un camaleón a cualquier situación”.
Así arranca el libro “De niña buena a mujer re-suelta” de Leticia Tosi, licenciada en Psicología, donde narra en primera persona las dificultades que tuvo que atravesar por tener un perfil de personalidad que todos elogiaban desde que era muy pequeña como una virtud, en lugar de verlo como un síndrome que puede desencadenar un trastorno psicológico o psicosomático que si no se trata a tiempo puede causar mucho malestar psíquico y físico.
“Son esos niños que nunca causan problemas, que parecen más adultos de la edad que tienen, que siempre están cuidando a los demás, que se sacan buenas notas en el cole y son abanderados. Y una vez en la adultez son personas que siempre están cargando los problemas de los otros, tienen dificultad para poner límites, se autocastigan y se culpan si lo hacen. Son perfeccionistas, fallar no es una opción, tienen bajísima tolerancia a la frustración. A este síndrome también se lo conoce como sobreadaptación, que se define como una excesiva adaptación de las personas al ambiente, se adaptan tanto a los demás que se desconectan de sus propias necesidades y deseos”, expresa Leticia.
Ese gol que no fue y dejó marcas imborrables
Académicamente, cuenta, era una alumna ejemplar con notas perfectas y varias veces abanderada. Tenía la habilidad de comprender los gustos y la ideología de sus profesores, lo que le permitía destacarse en los exámenes. También sobresalía en el ámbito deportivo, ganando medallas y siendo capitana de equipo.
Sin embargo, aclara, hubo una excepción a esta regla: el hockey. A pesar de su amor por esta disciplina, no pudo seguir el ritmo de sus amigas más experimentadas. En su primer partido, la presión por impresionar a los demás la llevó a fallar en un momento crucial, cuando tenía ese gol servido al alcance de su mano, lo que resultó en una profunda frustración y auto castigo, llevándola al poco tiempo, a abandonar ese deporte que tanto amaba.
“El hockey era una pasión para mí, pero lo viví con mucha presión porque tenía terror a equivocarme, a no agarrar una pelota, a no pegarle bien. Tenía miedo de sentirme juzgada por mis compañeras, por mi entrenador y por los que estaban mirando el partido. Estaba tan pendiente de la mirada de los demás, que no me concentraba en los partidos y esto me empezó a influir negativamente en mi performance. Eso me hizo errar un gol que era muy fácil de hacer. La arquera había tenido una mala salida y me dejó servida la pelota con el arco de frente. Estaba sola, mientras escuchaba de afuera el grito de todos ´metela, metela´. Mi compañera que venía corriendo atrás me decía `dale que lo tenés servido`. Fue tanta la presión que sentí, que le pegué a la pelota fuera del arco. Se me vino el mundo abajo, ese día colgué los botines porque fallar no era una opción para mí”.
Sufrimiento silencioso
Cuenta Leticia que durante muchos años se sintió orgullosa de ser esa niña buena. Sin embargo, detrás de esos elogios se escondía un sufrimiento silencioso: ansiedad, tristeza, culpa y represión que hicieron eclosión en su adolescencia y en su adultez.
A partir de su adolescencia su cuerpo comenzó a manifestarse con serios problemas en las cervicales y en su columna con compromiso de la médula espinal. Los médicos le decían que la única opción para frenar el deterioro era una operación de alta complejidad. Además, empezó a tener trastornos gastrointestinales que años más tarde relacionó con todas aquellas cuestiones de los otros “que me hinchaban y que no podía digerir”.
Ya en su adultez, dicho trastorno desencadenó en una enfermedad autoinmune inflamatoria crónica, colitis linfocítica, un exceso de glóbulos blancos en los intestinos que produce mucho dolor abdominal, inflamación, distensión e irritación.
“Pasé por muchos gastroenterólogos, tomé varios medicamentos, corticoides, antibióticos, pero no me dieron resultado. Mi mejoría comenzó con la terapia y mi rehabilitación emocional, meditación y el cambio del hábito alimentario”.
¿Cómo logró revertir ese dolor?
Con mucho trabajo personal, dice, Leticia comenzó su proceso de resolución. Arrancó tomando distancia de los vínculos que le hacían daño, a la par de que se fue reencontrando con ella misma, más conectada con su ser. “Como primera cuestión, fui soltando el traje de ´la mediadora oficial de la familia`. Comencé a darme cuenta de que esta necesidad constante de intervenir en los problemas de los demás estaba consumiendo mi propia energía y felicidad. Me estaba perdiendo a mí misma en el proceso de tratar de salvar a los demás, sin darme cuenta de que también necesitaba ayuda y apoyo emocional. Fue un momento de claridad cuando finalmente entendí que no era mi responsabilidad resolver todos los conflictos de mi familia”.
También aprendió a establecer límites saludables y a dejar que los demás resolvieran sus propios problemas, sin sentirse culpable por no estar constantemente en el medio. “Aprender a poner límites saludables, como todo aprendizaje, no fue de un día para el otro, sino el resultado de un proceso que al principio pudo resultarme incómodo, no me trajo placer inmediato, sino angustia y culpa, pero con el tiempo fui sintiendo mucho alivio y paz mental. Entendí que poner un límite no me hacía mala persona ni egoísta, sino que era un acto de autocuidado y de amor propio”.
“Cuantos más elogios recibía, más pendiente estaba de la mirada de los demás”
Una de las cosas que entendió Leticia es que no tenía que decir que sí a todo lo que se le estaba pidiendo, sino que podía hacer ese favor de forma parcial de acuerdo a sus necesidades y deseos.
“Me siento más segura de mí misma y de mis decisiones, y aprendí a rodearme de personas que me aceptan tal como soy. Ya no soy ´la del millón de amigos´, pero lo que tengo ahora son relaciones más auténticas y significativas, basadas en el respeto mutuo y la aceptación incondicional. Y eso, para mí, es mucho más valioso que cualquier cantidad de popularidad superficial. Empecé a darme cuenta de que cuantos más elogios recibía, más pendiente estaba de la mirada de los demás y más me olvidaba de mí misma. Tratar de encajar en cualquier molde que la sociedad me impusiera era una trampa que me reforzaba mi conducta sobre-adaptada y me producía mucho sufrimiento. Y que el único beneficiario de esos elogios era quien los hacía, no yo. Empecé a aceptar que no era posible poder agradar a todos siempre y eso me trajo una liberación muy grande”.
Una vez que logró desarrollar el amor propio y fortalecer su autoestima, Leticia pudo establecer una relación amorosa muy sana como su pareja actual (Martín) de la cual está “profundamente enamorada. Hemos construido juntos el amor del bueno. Es mi compañero de vida desde hace siete años. Él me aceptó tal como soy, con mis luces y mis sombras. Juntos construimos una relación sólida y madura basada en la estabilidad, la tranquilidad, la comunicación asertiva, la confianza, la empatía, el respeto mutuo y el apoyo incondicional”.
“Quería enseñarles a vivir de una manera diferente”
Leticia está muy orgullosa porque este gran cambio también repercute en la relación con sus hijas (Agus de 12 y Luli de 9), disfrutando del juego, las charlas y las vivencias del día a día. “Me di cuenta de que quería enseñarles a vivir de una manera diferente, a no seguir el mismo patrón de sobre-adaptación que yo seguí durante tanto tiempo. Ahora, cuando mis hijas hacen algo bien, evito la palabra perfecto. En cambio, las animo a disfrutar del proceso, a celebrar cada pequeño avance y a aprender de los errores. Les enseño que la vida no se trata de ser perfecto, sino de disfrutar de cada momento, de ser auténtico y de perseguir tus pasiones sin miedo al fracaso. Después de todo, el fracaso es no haberlo intentado”.
Luego de años de luchar contra los problemas en su columna, finalmente llegó el momento en que los médicos le dijeron que era un milagro que no tuvieran que operarla. “Habían visto muchos casos similares y con semejante compromiso medular, todos habían terminado en una cirugía cervical. Pero mi caso era una excepción a la regla: las hernias cervicales se re-absorbieron y dejé de tener dolencias. Y creo que esto que los médicos nombraron como un milagro yo se lo atribuyo a mi rehabilitación emocional”.
Leticia confiesa que jamás hubiera imaginado que además de dejar de sentir dolencias, iba a poder retomar a los 45 el hockey, una pasión abandonada. Estuvo jugando hasta hace poco sin exigencias. “Jugué de delantera. Mi gran hazaña ha sido jugar para divertirme sin estar pendiente del resto, disfrutando del partido más allá del resultado final”.
¿Qué es para vos una mujer Re-suelta?
Para mí, implica poder ser naturalmente muy suelta, ser más relajada, disfrutar más de las cosas, ser más espontánea, fresca y auténtica. Poder soltar el pasado, los antiguos mandatos familiares, soltar a una pareja narcisista, una forma de ser impuesta o impostada. De esta manera, siento que a medida que me vuelvo más resolutiva, voy resolviendo lo que no me gusta de mi vida. Suelto, me suelto y resuelvo.
¿Qué le dirías a las mujeres que se encuentran atravesando algo similar a lo que vos pasaste?
Que pidan ayuda profesional, que no sientan que es una virtud ser una niña demasiado buena si lo están padeciendo, por más de que la sociedad les transmita lo contrario a través de los elogios. Que se miren hacia adentro, que se prioricen, que no se olviden de ellas mismas, que enciendan las señales de alarmas si se sienten agotadas, tristes, con culpa o con síntomas psicosomáticos.
¿De qué manera les puede cambiar la vida una vez que hacen el clic?
Van a empezar a mirar al mundo y a sí mismas de una manera diferente. Van a conocer el disfrute genuino de la vida, se van a sentir más libres, más seguras de ellas mismas y con paz mental.