Armenios, coreanos, dominicanos y bangladesíes. Dónde viven y cómo llegaron las pequeñas comunidades porteñas

Arreglada con una camisa blanca con volantes y una falda larga con los colores patrios, Gleni Castillo y Miguel Vicente, su compañero de baile, de campera blanca, con detalles azules y rojos, y sombrero de paja, deslumbraron a los dominicanos con una coreografía de salsa y merengue preparada para conmemorar el día de la independencia. Por un rato, los transportaron nuevamente al Caribe.

La iglesia de Nuestra Señora Madre de los Emigrantes, en La Boca, fue el lugar elegido por la comunidad dominicana para celebrar, a 6000 kilómetros de distancia, el 181 aniversario de la independencia de República Dominicana. Pese a que la conmemoración es el 27 de febrero, decidieron reunirse unos días después, aprovechando el fin de semana para poder juntar el máximo número posible de miembros de esta pequeña comunidad extranjera.

Con una población de 419.000 extranjeros en la ciudad de Buenos Aires sobre un total de 3.1 millones de habitantes, CABA es la región de la Argentina donde residen más personas nacidas en otros países (13.5%).

Los más numerosos, los venezolanos, suman 84.834 habitantes en la ciudad. Le siguen los nacidos en Paraguay (64.934), Bolivia (60.108) y Perú (51.047). Estas cuatro nacionalidades superan el total de inmigrantes del continente europeo. Además, entre estos cuatro países suman más del 60% de inmigrantes residentes en CABA.

Por su magnitud, estas comunidades cuentan con miembros repartidos por todo el territorio de la ciudad. Pero comunidades más pequeñas, como la dominicana, la armenia, la bangladeshí o la coreana, que llegaron en distintos períodos de la historia argentina, nuclean a sus miembros en zonas acotadas de CABA, como los barrios de Once, Constitución o Flores. Donde no solo residen, sino que trabajan y se agrupan en iglesias, mezquitas y escuelas.

Según reflejan los datos del último censo del Indec, hasta 1999, llegaron a la ciudad 108.881 extranjeros. Entre los años 2000 y 2009, la cantidad de migrantes fue de 63.862, cifra que aumentó en la siguiente década, entre 2010 y 2019, donde se registró la llegada de 138.539 extranjeros a la ciudad de Buenos Aires.

Dominicanos: alegría, música y baile

Gleni Castillo, coreógrafa del ballet folclórico dominicano en la Argentina, es una de las mujeres más destacadas de su comunidad. Llegó al país en 2015. En principio vino a visitar a su madre, pero le encantó y decidió quedarse: “Veo la unión de los argentinos, un país que abre sus puertas a los inmigrantes. Uno se siente acogido y agradecido. Además, es un país desarrollado en comparación con el nuestro”.

La comunidad dominicana cuenta, según el último censo realizado por el INDEC, con 2163 miembros residentes en ciudad de Buenos Aires. La zona con mayor cantidad de dominicanos está en el barrio de Constitución. Entre las calles que cercan las autopistas 25 de Mayo y 9 de Julio y las avenidas Juan de Garay y Entre Ríos residen casi 200 dominicanos. El otro foco se encuentra en Nueva Pompeya, aunque se encuentran mucho más dispersos.

Su crecimiento los llevó a participar desde hace años en encuentros como Buenos Aires Celebra y en el Carnaval de La Plata, donde este año desfilaron con el traje típico dominicano con los colores patrios y sus personajes más importantes.

“Somos una comunidad muy grande, conocidos por las peluquerías y barberías, pero también somos muchos en el área de la salud. Además, hay muchos dominicanos en Once y Constitución, pero ahora también en Liniers y Flores”, dijo Castillo.

La fiesta por la independencia fue propuesta por la embajada dominicana en la Argentina. Betania Fernández, encargada de la sección consular de República Dominicana en Argentina, se encargó de organizar el evento, una manera de acercarse a la comunidad antes de la llegada del nuevo embajador.

“Antes de 2011 la Argentina tuvo una migración grande de dominicanos que buscaban no solo un nuevo destino, sino también el pasaporte argentino, que les permitía viajar por más países. Además, la economía de ese momento les permitía mandar dinero a los familiares”, contó Fernández.

La funcionaria, que llegó a la embajada hace cuatro años y medio, destacó la buena relación de República Dominicana con la Argentina: “Para el dominicano la Argentina es un país espectacular. Durante su gestión de la CELAC hizo un trabajo importante para el bloque regional latinoamericano y vemos al argentino como una persona preparada, culta y polifacética”.

“El dominicano es alegría. Por más que haya dificultad buscamos la manera de reunirnos y estar contentos. Es una cultura que contagia, lo podés ver con nuestra música o la comida. Además, intentamos poner nuestro granito de arena para que el país salga adelante”, dijo Miguel Vicente, quien llegó hace 19 años a CABA. En un inicio, le sorprendió la similitud de los edificios de la capital con algunas ciudades europeas y destacó el poder literario de los argentinos, la variedad de pensamientos políticos y sociales y la libertad de expresión que existe en el país.

Vicente asegura que llegó por la economía, “el peso argentino valía diez dominicanos. Uno viene por eso, pero al final te enamoras”, dijo. El hombre de 44 años, que trabaja en correo argentino, se casó con una mujer argentina y tuvo dos hijos, de 13 y 16 años.

Una de las dominicanas que lleva más años en el país es Luisa Ramos: “Llegue en 1994. Nuestra meta cuando salimos del país es ayudar a nuestra familia. Fueron pasando los años, diferentes hechos y sucesos, y me acostumbré. Amo la Argentina. La forma de vida, la educación, el sistema de salud. Me casé con un argentino y tuve dos hijos que son muy nacionalistas”.

Ramos, contó que decidió venir a la Argentina porque tenía una amiga en CABA que le prestó la plata para el pasaje. Sufrió mucho el desarraigo, pero se fue adaptando y se amoldó a la cultura y costumbres argentinas. Para ella, la comunidad dominicana de CABA está formada por personas solidarias, alegres y trabajadoras. “Donde estamos los dominicanos vas a escuchar música, gritos, porque hablamos a los gritos, pero compartimos y nos ayudamos los unos a los otros”.

La comunidad Armenia, de las más antiguas en la ciudad

Pese a que su número no es muy grande, una de las comunidades que más años lleva en la ciudad de Buenos Aires es la armenia. “Mis abuelos vinieron a principios del siglo XX. Lo que los trajo a la Argentina fue la paz. El armenio venía maltratado de sus tierras. Los turcos habían cometido desmanes importantísimos, asesinando a un millón y medio de personas. Entonces, el armenio emigra para proteger a su familia, buscando un mejor porvenir”, dijo Juan Sarrafián, director de asuntos institucionales del Centro Armenio de la República Argentina.

Sarrafián, que es la segunda generación de descendientes de armenios en el país, contó como fue la llegada de sus abuelos: “Mis abuelos paternos crecieron en sus senos familiares. Pudieron escapar de la diáspora, se conocieron en Alemania y se casaron en Brasil, hasta que decidieron venir porque los paisanos les habían dicho que estarían mejor en la Argentina”.

Sus abuelos maternos, en cambio, vieron como asesinaban a sus familias y fueron a un orfanato, donde se conocieron y vivieron por casi 20 años, hasta que su abuelo se enteraron de que en Buenos Aires vivía su hermana, que creía muerta durante el genocidio armenio.

Los primeros años de sus abuelos fueron duros. Según Sarrafián, fueron bien recibidos, y su principal preocupación era conseguir trabajo y mantenerse. “Lo lograron sin depender de nadie”, dijo.

Actualmente, hay en CABA un total de 607 armenios. Esta cifra tan baja se debe a que se trata de una inmigración de finales del siglo pasado: los descendientes de aquellos primeros inmigrantes nacieron en la Argentina. La zona de la ciudad en la que se aprecia un mayor número de armenios es alrededor de la Avenida Juan B. Justo, en Villa Crespo, donde residen 37 armenios.

A dos kilómetros de esta zona se encuentra la Catedral Apostólica Armenia San Gregorio El Iluminador (Armenia 1353). Este centro religioso, que es el núcleo de la comunidad, y donde se reúnen todos los domingos de 11 a 13 para celebrar la misa, se construyó en 1938. “Fue un esfuerzo muy grande de un benefactor y del resto de la comunidad. Él donó la mitad de su fortuna para construir esta catedral”, dijo Sarrafián.

La máxima autoridad religiosa de la comunidad armenia de Argentina es el Monseñor Aren Shaheenian, obispo primado de la iglesia apostólica armenia por la Argentina y Chile. El religioso, de 54 años, nació en Bagdad (Irak), cuando su familia escapó de Armenia para evitar el genocidio. Después, se mudaron a Alemania y él vivió en Italia, Inglaterra y Países Bajos, trabajando como vicario de Karekin II, actual patriarca de la iglesia apostólica armenia.

“Por el genocidio hay más de diez millones de armenios afuera del país y solo tres millones en Armenia. En la Argentina nuestra comunidad es muy grande. Vamos por la quinta o sexta generación. Tienen apellido armenio pero su corazón es medio argentino”, explicó.

La religión armenia no dista mucho de la religión católica. Según el obispo, Armenia fue el primer pueblo cristiano (desde 301 d.c.) y su iglesia, apostólica ortodoxa, no tiene las reformas del catolicismo: “Reconocemos sus siete sacramentos y respetamos al jefe de la Iglesia Católica como representante de una Iglesia hermana, pero tenemos nuestro Papa, que es el jefe de los armenio de todo el mundo”, dijo.

Para el jefe espiritual de esta comunidad, sus miembros intentan mantener sus tradiciones, pero agregaron algunas costumbres argentinas. “Nosotros festejamos la Navidad el 6 de enero y tenemos fiestas nacionales como el día de la Independencia, que celebramos el 21 de septiembre”, contó.

La misa de los domingos reúne a toda la comunidad en una catedral majestuosa, que cuenta con 14 filas de bancos y un espacio en el centro. La cúpula permite que entre mucha luz, que rebota en las paredes blancas. En la parte alta hay más bancadas, donde se ubica el coro, formado por un grupo de mujeres armenias y un pianista.

Una de las mujeres que participa en el coro es Alla Avetisian, una mujer armenia que llegó a CABA hace 20 años. De profesión cantante, llegó al país a pasear, pero se enteró de que en el Teatro Argentino había un concurso para entrar al coro estable. Decidió participar y ganó. “Soy cantante lírica, trabajo en el Teatro Argentino de La Plata como solista y en el coro estable. Antes de venir era solista en el teatro estatal de ópera y ballet de Armenia”, se presentó.

La cantante ve muchas similitudes entre la comunidad armenia y los argentinos: “Hay mucha amistad, como en Armenia, cuando viene alguien de fuera lo recibimos muy bien. Acá sentí lo mismo”. Avetisian aseguró que la comunidad intenta mantener las tradiciones. Por eso, cuando los chicos terminan la escuela hacen un viaje de 20 días a Armenia, para conocerla y saber más de su cultura.

También destacó la importancia de las escuelas y colegios armenios para que los descendientes aprendan sus tradiciones. Así como el rol fundamental de la iglesia: “La iglesia los domingos es muy importante porque todos los armenios se juntan. Trabajamos toda la semana y el domingo hay que ir a la iglesia, tenemos esa costumbre, como los católicos, ir y rezar”, dijo.

Coreanos, trabajadores y unidos

Sentados en un bar del Pasaje Ruperto Godoy, en el Bajo Flores, una señora de 77 años habla con su hijo, de 44. La mujer, Kim Choon Sook, llegó a la Argentina en 1970, en un avión en el que viajaban otras cincuenta personas de su familia. “Cuando llegamos vivíamos en la Avenida Cobo, en Flores. No éramos muchos y no sabíamos castellano, entonces nos juntábamos entre coreanos. Pero a medida que estudiamos nos empezamos a relacionar con los argentinos”, dijo en un pobre español.

Sook explicó que los coreanos de CABA intentan cuidar su cultura y transmitirla a sus hijos, aunque de a poco se están desarmando sus costumbres, porque se juntan con argentinos y se mezclan las tradiciones: “Las nuevas generaciones tienen un pensamiento diferente, queremos entenderlos, pero no se dejan, echan su cultura”, dijo mientras miraba de reojo a Michael Kang, su hijo.

El hijo mayor de Sook nació en Brasil, pero se casó con una argentina y tiene tres hijos argentinos. “Cuando yo era chico había un colegio coreano, que no es lo mismo que ahora. En mi generación hay algunos que hablan bien y otros que no saben. Ahora es un instituto, hay mucha riqueza y diferencia en el estudio, el nivel es muy bueno”, dijo en referencia al Instituto Coreano Argentino (ICA).

La comunidad surcoreana porteña es de 4558 personas, según el último Censo del INDEC, lo que la convierte en la segunda comunidad asiática de la ciudad, por detrás de China. La mayoría de estos inmigrantes viven en Flores, en la Avenida Avellaneda y el Barrio Coreano. También hay norcoreanos, pero menos: 336. Y eligen las mismas zonas que los norcoreanos para establecer su residencia en la ciudad.

La dueña del bar en el que madre e hijo tomaban un café es Fabiana Chang, que llegó a los 17 años a la Argentina desde Seúl. Vino el último año de secundaria, sin conocer el idioma. “Vine con mis padres y mi hermano. Mi padre tenía un amigo que era referee de fútbol internacional y lo invitó a venir”.

Chang contó que en un inicio vivían en la calle Camilo Terres, en un pequeño departamento del Bajo Flores: “Vine con la idea de que la Argentina era un país muy rico, pero cuando llegamos nada que ver. En el 84 el Bajo Flores era como Corea en los 60″, dijo.

Chang destacó la importancia de las iglesias. “La comunidad coreana comenzó en la iglesia evangelista. Todos iban. Por fe o por necesidad de conocer a coreanos con los que hablar y pedir ayuda”. Además, destacó que en esa época, en los 80, los coreanos estaban dispuestos a ayudar a los nuevos migrantes para poner un negocio.

La mujer se calificó como conservadora a la hora de mantener las tradiciones y el idioma, aunque remarcó que “de ninguna manera” iría a vivir a Corea: “Me argentinicé. Cuando voy a Corea voy puteando por la calle. Los coreanos son más secos, acá te cruzas en la calle y el trato es más humano. Corea es un país muy capitalista y hay mucha competencia en todos los sentidos”, señaló.

Una de las personas más destacadas de la comunidad coreana es el artista Ari Cho. Su nombre original es Cho Yong Hwa, pero una maestra de español le comenzó a llamar Ariel, y desde entonces acuñó este apodo.

Cho llegó a CABA a finales de los 70, con sus cuatro hermanos y sus padres. Su padre era un veterano de la guerra de Corea, por el bando norcoreano, pero pudo refugiarse en Corea del Sur. Sus padres compraron una casa con local en la zona de Boedo y Rivadavia y toda la familia trabajó en el almacén.

Según el artista, cuando llegó la comunidad coreana no superaba las 2000 familias. Llegaron hasta 20.000 antes de la crisis del 2001, cuando volvió a bajar. “En los inicios la comunidad se esforzó mucho para no perder la cultura coreana. En la década de los 90 se fundó el ICA y años después el Hospital Coreano, el Esperanza Golf Club -una cancha de golf coreano- y grupos como la Asociación de Profesionales Coreanos Universitarios (APCU)”, dijo.

Sobre la comunidad, señaló que desde afuera, pueden parecer cerrados, “Una observación razonable pero errónea”, Ya que los coreanos, al igual que otros extranjeros, se juntaban por “pura comodidad y necesidad de subsistir”, porque comparten idioma y cultura, pero no quiere decir que no acepten a los argentinos.

Su cultura lo inspiró en una de sus mejores obras. Tras volver de un viaje que hizo con su padre a Corea, decidió tomar el tema de la guerra de Corea para organizar una “barrileteada por una Corea”, una fiesta que se celebra la primera luna llena del año en Corea. “Cuando el barrilete está volando, le cortan la cuerda y piden un deseo para que los males se vayan y que el año nuevo traiga buena suerte. Le di un barrilete tradicional a cada artista argentino y les pedí que pinten y escriban un deseo, para que Corea se pueda unificar pacíficamente. Tuve casi 80 barriletes tradicionales pintados por artistas reconocidos argentinos”, explicó.

Otro de los miembros destacados de la comunidad es Alejandro Kim, abogado, político peronista y primera generación de argentinos hijos de coreanos. Kim nació en 1977, un año después de que sus padres llegaron a la ciudad de Buenos Aires.

Sobre la comunidad coreana, el político destacó que manejan el 35% de la industria textil en la Argentina. “Eso te da la pauta de lo laborioso y estudiosos que somos. Gracias a todo el esfuerzo de la generación que me precede pudimos lograr instalarnos, involucrarnos y consolidarnos”, dijo Kim. “Había un dicho en la colectividad de que entre nosotros sabíamos cuántas cucharas había en tu casa, un dicho bien coreano, esa era la interacción y la intimidad que había dentro de la comunidad”, agregó.

“En el jardín y primaria no me sentía diferente, pensé que era uno más. Le pasó a muchos coreanos que nacimos acá, hasta que te das cuenta -en su caso a los siete años- de que somos diferentes físicamente. Hoy en día, con la masificación de la información, es más común ver gente oriental, pero hace cincuenta años no lo era”, recordó Kim. Además, aseguró sentirse 100% coreano y argentino. En su primer viaje a Corea, en 1997, se dió cuenta que la Corea que le narraban sus padres se había quedado en los años setenta. “En Corea somos extranjeros. Tenemos otra forma de razonar, una visión diferente”, dijo.

Bangladesíes, la comunidad menos numerosa

Con 99 personas registradas en el último censo, los inmigrantes de Bangladesh forman una de las comunidades más pequeñas de la ciudad de Buenos Aires. El barrio de Once es el que registra al 90% de los censados pero, según la comunidad, son más los inmigrantes provenientes del país asiático.

“Cuando vine a la Argentina sólo había 15 paisanos, que habían llegado en los años noventa. Para abrir mi primer negocio me dieron mercadería fiada. Aún lo hacemos cuando llega uno nuevo, prestando plata, mercadería, o una casa, porque acá alquilar es difícil”, dijo Mizanur Rahman (42), dueño de una tienda de aparatos electrónicos ubicada en el cruce de Bartolomé Mitre y Larrea.

Rahman llegó al país hace 15 años. En su recorrido hasta llegar a la Argentina pasó primero por la India y después por Perú, donde vivió menos de un año. A finales de 2010 decidió mudarse a la ciudad de Buenos Aires tras visitar seis meses el país, alojándose en casa de unos paisanos en Villa del Parque.

El emprendedor aseguró que la comunidad bangladeshí tiene registrados más de 250 personas en CABA, entre hombres, mujeres y niños. “Los primeros vinieron entre 1995 y el 2000. Después, entre 2007 y 2010 llegaron otras 40 personas. Pasado el 2018 ya no vino nadie más, por la pandemia, los trámites y la dificultad de conseguir trabajo en blanco”, dijo.

A metros de su local, sobre Bartolomé Mitre, uno de sus paisanos de Rahman atiende una tienda de las mismas características que la suya. Me Abdul Kalam Shaheen, proveniente de la región de Sylhet -al igual que Rahman-, llegó a CABA en 2012, después de haber pasado dos años en Dubai.

Decidió venir al país porque tenía un familiar -su tío- viviendo en la Ciudad y no sabía nada de castellano, pero se pudo manejar con el inglés, hasta que aprendió la lengua local gracias a los vídeos de YouTube.

Shaheen se lamentó -entre risas- de la dificultad que tienen sus paisanos para conseguir la visa porque necesita más jugadores para su equipo de cricket. “Cuando llegué buscaba dónde jugar. Un chico de Pakistán me llevó a un club de Ezeiza. Después armé el mío, que duró dos años, hasta que se fueron los jugadores y dejamos de participar”, contó.

“Como comunidad nos apoyamos, cuando alguien se enferma y no habla español, cuando alguien es nuevo o se quiere ir. También nos juntamos en las fiestas nacionales, como el día de la independencia, el 21 de febrero”, dijo Johirul Islam Bahar, otro inmigrante proveniente de Bangladesh.

Al igual que Rahman y Shaheen, este hombre de 32 años, que llegó en 2017 a la ciudad, trabaja en una tienda de electrónica regentada por su hermano, sobre la misma calle Bartolomé Mitre. “Cuando llegamos, nuestros paisanos tienen locales de electrónica, entonces es lo que aprendemos”, explicó.

Sobre el país, destacó que existen diferencias respecto a la comida. Ellos están más acostumbrados al pescado y hay muchas cosas que no se consiguen. También aseguró que la gente es más respetuosa que en su país, donde aún hay mucho clasismo.

Arreglada con una camisa blanca con volantes y una falda larga con los colores patrios, Gleni Castillo y Miguel Vicente, su compañero de baile, de campera blanca, con detalles azules y rojos, y sombrero de paja, deslumbraron a los dominicanos con una coreografía de salsa y merengue preparada para conmemorar el día de la independencia. Por un rato, los transportaron nuevamente al Caribe.

La iglesia de Nuestra Señora Madre de los Emigrantes, en La Boca, fue el lugar elegido por la comunidad dominicana para celebrar, a 6000 kilómetros de distancia, el 181 aniversario de la independencia de República Dominicana. Pese a que la conmemoración es el 27 de febrero, decidieron reunirse unos días después, aprovechando el fin de semana para poder juntar el máximo número posible de miembros de esta pequeña comunidad extranjera.

Con una población de 419.000 extranjeros en la ciudad de Buenos Aires sobre un total de 3.1 millones de habitantes, CABA es la región de la Argentina donde residen más personas nacidas en otros países (13.5%).

Los más numerosos, los venezolanos, suman 84.834 habitantes en la ciudad. Le siguen los nacidos en Paraguay (64.934), Bolivia (60.108) y Perú (51.047). Estas cuatro nacionalidades superan el total de inmigrantes del continente europeo. Además, entre estos cuatro países suman más del 60% de inmigrantes residentes en CABA.

Por su magnitud, estas comunidades cuentan con miembros repartidos por todo el territorio de la ciudad. Pero comunidades más pequeñas, como la dominicana, la armenia, la bangladeshí o la coreana, que llegaron en distintos períodos de la historia argentina, nuclean a sus miembros en zonas acotadas de CABA, como los barrios de Once, Constitución o Flores. Donde no solo residen, sino que trabajan y se agrupan en iglesias, mezquitas y escuelas.

Según reflejan los datos del último censo del Indec, hasta 1999, llegaron a la ciudad 108.881 extranjeros. Entre los años 2000 y 2009, la cantidad de migrantes fue de 63.862, cifra que aumentó en la siguiente década, entre 2010 y 2019, donde se registró la llegada de 138.539 extranjeros a la ciudad de Buenos Aires.

Dominicanos: alegría, música y baile

Gleni Castillo, coreógrafa del ballet folclórico dominicano en la Argentina, es una de las mujeres más destacadas de su comunidad. Llegó al país en 2015. En principio vino a visitar a su madre, pero le encantó y decidió quedarse: “Veo la unión de los argentinos, un país que abre sus puertas a los inmigrantes. Uno se siente acogido y agradecido. Además, es un país desarrollado en comparación con el nuestro”.

La comunidad dominicana cuenta, según el último censo realizado por el INDEC, con 2163 miembros residentes en ciudad de Buenos Aires. La zona con mayor cantidad de dominicanos está en el barrio de Constitución. Entre las calles que cercan las autopistas 25 de Mayo y 9 de Julio y las avenidas Juan de Garay y Entre Ríos residen casi 200 dominicanos. El otro foco se encuentra en Nueva Pompeya, aunque se encuentran mucho más dispersos.

Su crecimiento los llevó a participar desde hace años en encuentros como Buenos Aires Celebra y en el Carnaval de La Plata, donde este año desfilaron con el traje típico dominicano con los colores patrios y sus personajes más importantes.

“Somos una comunidad muy grande, conocidos por las peluquerías y barberías, pero también somos muchos en el área de la salud. Además, hay muchos dominicanos en Once y Constitución, pero ahora también en Liniers y Flores”, dijo Castillo.

La fiesta por la independencia fue propuesta por la embajada dominicana en la Argentina. Betania Fernández, encargada de la sección consular de República Dominicana en Argentina, se encargó de organizar el evento, una manera de acercarse a la comunidad antes de la llegada del nuevo embajador.

“Antes de 2011 la Argentina tuvo una migración grande de dominicanos que buscaban no solo un nuevo destino, sino también el pasaporte argentino, que les permitía viajar por más países. Además, la economía de ese momento les permitía mandar dinero a los familiares”, contó Fernández.

La funcionaria, que llegó a la embajada hace cuatro años y medio, destacó la buena relación de República Dominicana con la Argentina: “Para el dominicano la Argentina es un país espectacular. Durante su gestión de la CELAC hizo un trabajo importante para el bloque regional latinoamericano y vemos al argentino como una persona preparada, culta y polifacética”.

“El dominicano es alegría. Por más que haya dificultad buscamos la manera de reunirnos y estar contentos. Es una cultura que contagia, lo podés ver con nuestra música o la comida. Además, intentamos poner nuestro granito de arena para que el país salga adelante”, dijo Miguel Vicente, quien llegó hace 19 años a CABA. En un inicio, le sorprendió la similitud de los edificios de la capital con algunas ciudades europeas y destacó el poder literario de los argentinos, la variedad de pensamientos políticos y sociales y la libertad de expresión que existe en el país.

Vicente asegura que llegó por la economía, “el peso argentino valía diez dominicanos. Uno viene por eso, pero al final te enamoras”, dijo. El hombre de 44 años, que trabaja en correo argentino, se casó con una mujer argentina y tuvo dos hijos, de 13 y 16 años.

Una de las dominicanas que lleva más años en el país es Luisa Ramos: “Llegue en 1994. Nuestra meta cuando salimos del país es ayudar a nuestra familia. Fueron pasando los años, diferentes hechos y sucesos, y me acostumbré. Amo la Argentina. La forma de vida, la educación, el sistema de salud. Me casé con un argentino y tuve dos hijos que son muy nacionalistas”.

Ramos, contó que decidió venir a la Argentina porque tenía una amiga en CABA que le prestó la plata para el pasaje. Sufrió mucho el desarraigo, pero se fue adaptando y se amoldó a la cultura y costumbres argentinas. Para ella, la comunidad dominicana de CABA está formada por personas solidarias, alegres y trabajadoras. “Donde estamos los dominicanos vas a escuchar música, gritos, porque hablamos a los gritos, pero compartimos y nos ayudamos los unos a los otros”.

La comunidad Armenia, de las más antiguas en la ciudad

Pese a que su número no es muy grande, una de las comunidades que más años lleva en la ciudad de Buenos Aires es la armenia. “Mis abuelos vinieron a principios del siglo XX. Lo que los trajo a la Argentina fue la paz. El armenio venía maltratado de sus tierras. Los turcos habían cometido desmanes importantísimos, asesinando a un millón y medio de personas. Entonces, el armenio emigra para proteger a su familia, buscando un mejor porvenir”, dijo Juan Sarrafián, director de asuntos institucionales del Centro Armenio de la República Argentina.

Sarrafián, que es la segunda generación de descendientes de armenios en el país, contó como fue la llegada de sus abuelos: “Mis abuelos paternos crecieron en sus senos familiares. Pudieron escapar de la diáspora, se conocieron en Alemania y se casaron en Brasil, hasta que decidieron venir porque los paisanos les habían dicho que estarían mejor en la Argentina”.

Sus abuelos maternos, en cambio, vieron como asesinaban a sus familias y fueron a un orfanato, donde se conocieron y vivieron por casi 20 años, hasta que su abuelo se enteraron de que en Buenos Aires vivía su hermana, que creía muerta durante el genocidio armenio.

Los primeros años de sus abuelos fueron duros. Según Sarrafián, fueron bien recibidos, y su principal preocupación era conseguir trabajo y mantenerse. “Lo lograron sin depender de nadie”, dijo.

Actualmente, hay en CABA un total de 607 armenios. Esta cifra tan baja se debe a que se trata de una inmigración de finales del siglo pasado: los descendientes de aquellos primeros inmigrantes nacieron en la Argentina. La zona de la ciudad en la que se aprecia un mayor número de armenios es alrededor de la Avenida Juan B. Justo, en Villa Crespo, donde residen 37 armenios.

A dos kilómetros de esta zona se encuentra la Catedral Apostólica Armenia San Gregorio El Iluminador (Armenia 1353). Este centro religioso, que es el núcleo de la comunidad, y donde se reúnen todos los domingos de 11 a 13 para celebrar la misa, se construyó en 1938. “Fue un esfuerzo muy grande de un benefactor y del resto de la comunidad. Él donó la mitad de su fortuna para construir esta catedral”, dijo Sarrafián.

La máxima autoridad religiosa de la comunidad armenia de Argentina es el Monseñor Aren Shaheenian, obispo primado de la iglesia apostólica armenia por la Argentina y Chile. El religioso, de 54 años, nació en Bagdad (Irak), cuando su familia escapó de Armenia para evitar el genocidio. Después, se mudaron a Alemania y él vivió en Italia, Inglaterra y Países Bajos, trabajando como vicario de Karekin II, actual patriarca de la iglesia apostólica armenia.

“Por el genocidio hay más de diez millones de armenios afuera del país y solo tres millones en Armenia. En la Argentina nuestra comunidad es muy grande. Vamos por la quinta o sexta generación. Tienen apellido armenio pero su corazón es medio argentino”, explicó.

La religión armenia no dista mucho de la religión católica. Según el obispo, Armenia fue el primer pueblo cristiano (desde 301 d.c.) y su iglesia, apostólica ortodoxa, no tiene las reformas del catolicismo: “Reconocemos sus siete sacramentos y respetamos al jefe de la Iglesia Católica como representante de una Iglesia hermana, pero tenemos nuestro Papa, que es el jefe de los armenio de todo el mundo”, dijo.

Para el jefe espiritual de esta comunidad, sus miembros intentan mantener sus tradiciones, pero agregaron algunas costumbres argentinas. “Nosotros festejamos la Navidad el 6 de enero y tenemos fiestas nacionales como el día de la Independencia, que celebramos el 21 de septiembre”, contó.

La misa de los domingos reúne a toda la comunidad en una catedral majestuosa, que cuenta con 14 filas de bancos y un espacio en el centro. La cúpula permite que entre mucha luz, que rebota en las paredes blancas. En la parte alta hay más bancadas, donde se ubica el coro, formado por un grupo de mujeres armenias y un pianista.

Una de las mujeres que participa en el coro es Alla Avetisian, una mujer armenia que llegó a CABA hace 20 años. De profesión cantante, llegó al país a pasear, pero se enteró de que en el Teatro Argentino había un concurso para entrar al coro estable. Decidió participar y ganó. “Soy cantante lírica, trabajo en el Teatro Argentino de La Plata como solista y en el coro estable. Antes de venir era solista en el teatro estatal de ópera y ballet de Armenia”, se presentó.

La cantante ve muchas similitudes entre la comunidad armenia y los argentinos: “Hay mucha amistad, como en Armenia, cuando viene alguien de fuera lo recibimos muy bien. Acá sentí lo mismo”. Avetisian aseguró que la comunidad intenta mantener las tradiciones. Por eso, cuando los chicos terminan la escuela hacen un viaje de 20 días a Armenia, para conocerla y saber más de su cultura.

También destacó la importancia de las escuelas y colegios armenios para que los descendientes aprendan sus tradiciones. Así como el rol fundamental de la iglesia: “La iglesia los domingos es muy importante porque todos los armenios se juntan. Trabajamos toda la semana y el domingo hay que ir a la iglesia, tenemos esa costumbre, como los católicos, ir y rezar”, dijo.

Coreanos, trabajadores y unidos

Sentados en un bar del Pasaje Ruperto Godoy, en el Bajo Flores, una señora de 77 años habla con su hijo, de 44. La mujer, Kim Choon Sook, llegó a la Argentina en 1970, en un avión en el que viajaban otras cincuenta personas de su familia. “Cuando llegamos vivíamos en la Avenida Cobo, en Flores. No éramos muchos y no sabíamos castellano, entonces nos juntábamos entre coreanos. Pero a medida que estudiamos nos empezamos a relacionar con los argentinos”, dijo en un pobre español.

Sook explicó que los coreanos de CABA intentan cuidar su cultura y transmitirla a sus hijos, aunque de a poco se están desarmando sus costumbres, porque se juntan con argentinos y se mezclan las tradiciones: “Las nuevas generaciones tienen un pensamiento diferente, queremos entenderlos, pero no se dejan, echan su cultura”, dijo mientras miraba de reojo a Michael Kang, su hijo.

El hijo mayor de Sook nació en Brasil, pero se casó con una argentina y tiene tres hijos argentinos. “Cuando yo era chico había un colegio coreano, que no es lo mismo que ahora. En mi generación hay algunos que hablan bien y otros que no saben. Ahora es un instituto, hay mucha riqueza y diferencia en el estudio, el nivel es muy bueno”, dijo en referencia al Instituto Coreano Argentino (ICA).

La comunidad surcoreana porteña es de 4558 personas, según el último Censo del INDEC, lo que la convierte en la segunda comunidad asiática de la ciudad, por detrás de China. La mayoría de estos inmigrantes viven en Flores, en la Avenida Avellaneda y el Barrio Coreano. También hay norcoreanos, pero menos: 336. Y eligen las mismas zonas que los norcoreanos para establecer su residencia en la ciudad.

La dueña del bar en el que madre e hijo tomaban un café es Fabiana Chang, que llegó a los 17 años a la Argentina desde Seúl. Vino el último año de secundaria, sin conocer el idioma. “Vine con mis padres y mi hermano. Mi padre tenía un amigo que era referee de fútbol internacional y lo invitó a venir”.

Chang contó que en un inicio vivían en la calle Camilo Terres, en un pequeño departamento del Bajo Flores: “Vine con la idea de que la Argentina era un país muy rico, pero cuando llegamos nada que ver. En el 84 el Bajo Flores era como Corea en los 60″, dijo.

Chang destacó la importancia de las iglesias. “La comunidad coreana comenzó en la iglesia evangelista. Todos iban. Por fe o por necesidad de conocer a coreanos con los que hablar y pedir ayuda”. Además, destacó que en esa época, en los 80, los coreanos estaban dispuestos a ayudar a los nuevos migrantes para poner un negocio.

La mujer se calificó como conservadora a la hora de mantener las tradiciones y el idioma, aunque remarcó que “de ninguna manera” iría a vivir a Corea: “Me argentinicé. Cuando voy a Corea voy puteando por la calle. Los coreanos son más secos, acá te cruzas en la calle y el trato es más humano. Corea es un país muy capitalista y hay mucha competencia en todos los sentidos”, señaló.

Una de las personas más destacadas de la comunidad coreana es el artista Ari Cho. Su nombre original es Cho Yong Hwa, pero una maestra de español le comenzó a llamar Ariel, y desde entonces acuñó este apodo.

Cho llegó a CABA a finales de los 70, con sus cuatro hermanos y sus padres. Su padre era un veterano de la guerra de Corea, por el bando norcoreano, pero pudo refugiarse en Corea del Sur. Sus padres compraron una casa con local en la zona de Boedo y Rivadavia y toda la familia trabajó en el almacén.

Según el artista, cuando llegó la comunidad coreana no superaba las 2000 familias. Llegaron hasta 20.000 antes de la crisis del 2001, cuando volvió a bajar. “En los inicios la comunidad se esforzó mucho para no perder la cultura coreana. En la década de los 90 se fundó el ICA y años después el Hospital Coreano, el Esperanza Golf Club -una cancha de golf coreano- y grupos como la Asociación de Profesionales Coreanos Universitarios (APCU)”, dijo.

Sobre la comunidad, señaló que desde afuera, pueden parecer cerrados, “Una observación razonable pero errónea”, Ya que los coreanos, al igual que otros extranjeros, se juntaban por “pura comodidad y necesidad de subsistir”, porque comparten idioma y cultura, pero no quiere decir que no acepten a los argentinos.

Su cultura lo inspiró en una de sus mejores obras. Tras volver de un viaje que hizo con su padre a Corea, decidió tomar el tema de la guerra de Corea para organizar una “barrileteada por una Corea”, una fiesta que se celebra la primera luna llena del año en Corea. “Cuando el barrilete está volando, le cortan la cuerda y piden un deseo para que los males se vayan y que el año nuevo traiga buena suerte. Le di un barrilete tradicional a cada artista argentino y les pedí que pinten y escriban un deseo, para que Corea se pueda unificar pacíficamente. Tuve casi 80 barriletes tradicionales pintados por artistas reconocidos argentinos”, explicó.

Otro de los miembros destacados de la comunidad es Alejandro Kim, abogado, político peronista y primera generación de argentinos hijos de coreanos. Kim nació en 1977, un año después de que sus padres llegaron a la ciudad de Buenos Aires.

Sobre la comunidad coreana, el político destacó que manejan el 35% de la industria textil en la Argentina. “Eso te da la pauta de lo laborioso y estudiosos que somos. Gracias a todo el esfuerzo de la generación que me precede pudimos lograr instalarnos, involucrarnos y consolidarnos”, dijo Kim. “Había un dicho en la colectividad de que entre nosotros sabíamos cuántas cucharas había en tu casa, un dicho bien coreano, esa era la interacción y la intimidad que había dentro de la comunidad”, agregó.

“En el jardín y primaria no me sentía diferente, pensé que era uno más. Le pasó a muchos coreanos que nacimos acá, hasta que te das cuenta -en su caso a los siete años- de que somos diferentes físicamente. Hoy en día, con la masificación de la información, es más común ver gente oriental, pero hace cincuenta años no lo era”, recordó Kim. Además, aseguró sentirse 100% coreano y argentino. En su primer viaje a Corea, en 1997, se dió cuenta que la Corea que le narraban sus padres se había quedado en los años setenta. “En Corea somos extranjeros. Tenemos otra forma de razonar, una visión diferente”, dijo.

Bangladesíes, la comunidad menos numerosa

Con 99 personas registradas en el último censo, los inmigrantes de Bangladesh forman una de las comunidades más pequeñas de la ciudad de Buenos Aires. El barrio de Once es el que registra al 90% de los censados pero, según la comunidad, son más los inmigrantes provenientes del país asiático.

“Cuando vine a la Argentina sólo había 15 paisanos, que habían llegado en los años noventa. Para abrir mi primer negocio me dieron mercadería fiada. Aún lo hacemos cuando llega uno nuevo, prestando plata, mercadería, o una casa, porque acá alquilar es difícil”, dijo Mizanur Rahman (42), dueño de una tienda de aparatos electrónicos ubicada en el cruce de Bartolomé Mitre y Larrea.

Rahman llegó al país hace 15 años. En su recorrido hasta llegar a la Argentina pasó primero por la India y después por Perú, donde vivió menos de un año. A finales de 2010 decidió mudarse a la ciudad de Buenos Aires tras visitar seis meses el país, alojándose en casa de unos paisanos en Villa del Parque.

El emprendedor aseguró que la comunidad bangladeshí tiene registrados más de 250 personas en CABA, entre hombres, mujeres y niños. “Los primeros vinieron entre 1995 y el 2000. Después, entre 2007 y 2010 llegaron otras 40 personas. Pasado el 2018 ya no vino nadie más, por la pandemia, los trámites y la dificultad de conseguir trabajo en blanco”, dijo.

A metros de su local, sobre Bartolomé Mitre, uno de sus paisanos de Rahman atiende una tienda de las mismas características que la suya. Me Abdul Kalam Shaheen, proveniente de la región de Sylhet -al igual que Rahman-, llegó a CABA en 2012, después de haber pasado dos años en Dubai.

Decidió venir al país porque tenía un familiar -su tío- viviendo en la Ciudad y no sabía nada de castellano, pero se pudo manejar con el inglés, hasta que aprendió la lengua local gracias a los vídeos de YouTube.

Shaheen se lamentó -entre risas- de la dificultad que tienen sus paisanos para conseguir la visa porque necesita más jugadores para su equipo de cricket. “Cuando llegué buscaba dónde jugar. Un chico de Pakistán me llevó a un club de Ezeiza. Después armé el mío, que duró dos años, hasta que se fueron los jugadores y dejamos de participar”, contó.

“Como comunidad nos apoyamos, cuando alguien se enferma y no habla español, cuando alguien es nuevo o se quiere ir. También nos juntamos en las fiestas nacionales, como el día de la independencia, el 21 de febrero”, dijo Johirul Islam Bahar, otro inmigrante proveniente de Bangladesh.

Al igual que Rahman y Shaheen, este hombre de 32 años, que llegó en 2017 a la ciudad, trabaja en una tienda de electrónica regentada por su hermano, sobre la misma calle Bartolomé Mitre. “Cuando llegamos, nuestros paisanos tienen locales de electrónica, entonces es lo que aprendemos”, explicó.

Sobre el país, destacó que existen diferencias respecto a la comida. Ellos están más acostumbrados al pescado y hay muchas cosas que no se consiguen. También aseguró que la gente es más respetuosa que en su país, donde aún hay mucho clasismo.

 

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